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Príncipe de los ángeles fieles
al Señor. Su nombre significa: «¿Quién como Dios?». En la
Sagrada Escritura, aparece en el Libro de Daniel, en la
Epístola del Apóstol Judas y en el Apocalipsis. Como a
Gabriel y Rafael, se le llama «arcángel» en un sentido
puramente genérico (más que simple ángel), pero son, los
tres, altísimos serafines. —
Fiesta: 29 de
septiembre.
Aunque la mentalidad moderna se rebele a ello, es cierto que
Dios, al componer el poema de la Historia humana, concede
lugar de preferencia a los espíritus angélicos. Miguel es
entre ellos un astro de primera magnitud, figura principal
entre los que sirven inmediatamente al trono del Señor y
bajan a la tierra para anunciar o hacer cumplir sus
designios. Protector del pueblo de Dios, de Israel, en la
antigua Ley; de la Iglesia de Cristo en el Nuevo Testamento.
En la Sagrada Escritura ha hallado su fundamento la piedad
popular de todos los tiempos para erigir a San Miguel en
Príncipe de los ejércitos celestiales, guerrero victorioso
en las luchas cósmicas contra el espíritu rebelde, el dragón
de las tinieblas.
Daniel, el profeta de las revelaciones angélicas, nos da a
conocer el nombre de nuestro arcángel. Miguel, llamado gran
jefe de los israelitas, lucha por la liberación del pueblo
de Dios, desterrado y sometido al dominio persa. Allí mismo
se habla de los príncipes de Persia y de Grecia,
refiriéndose, según el común sentir, a los ángeles
guardianes de estas naciones.
San
Judas Apóstol, en su Carta Católica, cita el ejemplo del «Arcángel
Miguel, disputando al demonio el cuerpo de Moisés». De nuevo,
pues, aparece nuestro santo ángel como defensor del pueblo
de Israel, al que Satanás querría desviar de su fe en el
Señor.
El
Apocalipsis, Carta Magna de la nueva Jerusalén, que es la
Iglesia, nos presenta a San Miguel en su misión definitiva,
culminante. Ante la aparición de la Mujer, símbolo de María
y de la Iglesia, con su Hijo, en el cielo se traba una
batalla.
Miguel y el Dragón frente a frente, el Arcángel fiel contra
el soberbio Ángel de la luz. Cada uno manda un ejército de
ángeles. Vence Miguel y el Dragón es sepultado en los
infiernos.
De
esta visión del profeta de Patmos se derivan las imágenes
medievales del guerrero de alas brillantes con labrada
armadura, al que no le falta la lanza que destruye al dragón,
vencido a sus pies.
Toda
la vida de la Iglesia militante fluye bajo el signo de la
batalla, incorporada a la lucha entre Jesucristo y el
demonio, entre el Redentor y el pecado.
En
nuestra propia carne experimentamos la escisión. Nuestra
gran fuerza es la gracia de Jesucristo, pero los ángeles son
servidores de Cristo en la lucha de la Iglesia, y a su
frente Miguel, el vencedor por excelencia.
La
Iglesia misma le reconoce el título de defensor de sus
huestes, le llama «ángel del Paraíso», «príncipe de las
milicias espirituales», y en las letanías de los santos le
asigna el primer lugar detrás de la Santísima Virgen. Su
protección no nos abandona hasta después de la muerte.
En
el momento solemne de ofrecer el sacrificio por sus difuntos,
la Iglesia le invoca para que presente las almas a la luz
santa del Juicio divino.
La
devoción popular, que ha influido notablemente en estos
textos litúrgicos y que, por otra parte, tiene ya
precedentes en tradiciones judaicas, le considera como «pesador
de las almas», y así le vemos en curiosas miniaturas de la
Edad Media, con la balanza de la justicia divina en las
manos, felizmente inclinado un platillo hacia la gloria del
cielo.
Acontecimientos prodigiosos, ocurridos en Oriente y
Occidente, contribuyeron a formar este hálito universal en
torno a la figura del Arcángel. Es tradición oriental que,
ya en los primeros decenios del cristianismo, salvó de la
destrucción un templo dedicado a su honor en Colosae y que
por su intervención milagrosa brotaron allí mismo aguas
medicinales, por lo cual le honraban como médico celestial.
En
Constantinopla tenía un templo dedicado a. su nombre y era
también muy famoso el Mikaelion de Sostenión, cerca de la
capital bizantina, donde, según tradición, Miguel había
curado milagrosamente al emperador Constantino.
En
Occidente también se apareció el Arcángel repetidas veces;
sus apariciones más famosas son las del Monte Gárgano en
Italia, alrededor del año 500, y la del monte Adriano, donde
el año 611 el Papa Adriano IV le construye un oratorio,
sobre el que sería más tarde Castillo de Sant'Ángelo.
En
España alcanzó renombre su aparición en la serranía navarra
de Aralar para ayudar al noble caballero don Teodosio de
Goñi en lucha contra el dragón infernal.
El
Mont Saint-Michel, en Normandía, con una abadía gótica
dedicada a su honor, también testificó su ayuda para con los
navegantes.
Hoy
día ya no se dan tales apariciones aparatosas, pero el
Arcángel se mantiene fiel a su misión de custodio de la
Iglesia, como lo proclama la oración a él dirigida al fin de
la Misa, preceptuada por León XIII. |