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La vida de los santos, aparte de
ofrecernos un ejemplar e irrecusable testimonio de heroicas
virtudes, manifiesta siempre el empeño providencial de Dios
en la historia humana y en la vida de la Iglesia, tanto que
la presencia de algunos santos no se explica sin esa misión
providencial. Ellos han polarizado muchas veces en su vida
determinados períodos de la historia y su influencia
espiritual o social ha configurado los perfiles de ciertos
momentos y estilo de vida, y hasta han pesado
definitivamente a la hora de dar solución a las crisis de su
tiempo. Cierto igualmente que, por ese mismo canon
providencial que Dios impone a los acontecimientos humanos,
también los santos se han visto condicionados en sus actos
por las circunstancias en que se movieron. Todo esto da
sentido y justificación a la vida de San Vicente Ferrer y
nos evita caer en una interpretación simplista y unilateral
de su portentosa obra.
La visión exclusivamente
milagrera de su figura, por la que han discurrido durante
muchos años la tradición y la leyenda, contribuyó a
desenfocar la plenitud auténtica y la realidad total de la
vida de San Vicente, hasta tal punto que algún historiador
moderno se atrevía a decir que cada circunstancia de su vida
fue un milagro. Hoy, con sana crítica y juicio sereno, no
podemos admitir esa visión colorista que nos ha dado a un
San Vicente Ferrer opulento despilfarrador de milagros, aun
cuando sería insensatez negar la realidad de su poderosa
taumaturgia. Pero no debemos hacer de sus copiosos milagros
una peana para colocar sobre ella la vida del Santo.
San Vicente Ferrer nació en Valencia el 23 de enero de 1350,
en el seno de una familia de ascendencia gerundense. Su
padre, Guillermo Ferrer, era notario. La casa natalicia de
Vicente distaba muy poco del Real Convento de Predicadores,
donde los hijos de Santo Domingo de Guzmán se habían
establecido por singular gracia del rey Don Jaime el
Conquistador, recién conquistadas para la fe las tierras de
Valencia. El gran prestigio que siempre tuvieron en aquella
capital los frailes predicadores, el contacto habitual que
nuestro Santo debió tener con ellos desde su niñez y el
interior llamamiento de Dios determinaron en Vicente la
resolución de vestir el hábito blanco y negro de los
dominicos. Tal suceso tuvo lugar en el Real Convento de
Predicadores el 5 de febrero de 1367, y el día 6 del mismo
mes del año siguiente emitió los votos de su profesión
religiosa.
Por la coyuntura del momento en que nace, Vicente Ferrer
pertenece al período histórico que un escritor moderno ha
calificado de otoño de la Edad Media. En ese punto en que se
interfieren los últimos destellos de la Edad Media "enorme y
delicada" con la fulgurante aurora del primer Renacimiento
europeo, él permanecerá fiel a la estructura mental y a los
criterios tradicionales. No debemos olvidar que dos años
antes de su nacimiento, el 1348, la peste negra difundida
por la Europa occidental influyó notablemente en la vida
religiosa, provocando, juntamente con otras circunstancias
históricas, una quiebra de insospechadas proporciones. En la
provincia dominicana de Aragón, a la que el Santo perteneció,
habían muerto quinientos diez religiosos de un total de
seiscientos cuarenta, Ello hacía prácticamente difícil no
sólo el mantenimiento económico de los conventos, sino hasta
la propia observancia de las constituciones religiosas en la
plenitud de sus ideales. Más tarde, el 20 de septiembre de
1378, la escisión de la Iglesia por el Cisma de Occidente
vendría a debilitar más la flaca situación de la vida
conventual. Paralelamente a este clima de desfondamiento
religioso en los conventos, la vida piadosa de los fieles se
vio mermada sensiblemente en su tradicional pujanza.
La Orden de Predicadores, en
los momentos en que Vicente hace su profesión, gozaba de un
sólido prestigio social y académico, aun cuando la curva de
su trayectoria docente no alcanzase en aquel punto su máxima
altura. Sin embargo, los frailes dominicos, fieles a su
gloriosa tradición y por exigencia entrañable de sus propias
funciones doctrinales, intentaban hacer honor a la nobleza
representativa de su condición procurando mantener en la
máxima tensión de eficacia la formación y desarrollo
intelectual de los miembros de su Orden.
Desde la fecha de su profesión en el año 1368 hasta 1374, en
que recibe el presbiterado y celebra su primera misa,
Vicente, por designación de sus superiores, alterna el
estudio y la enseñanza de la filosofía y la teología en los
conventos de Lérida y Barcelona. A los veinte años era ya
profesor de Lógica. En 1376 lo vemos estudiando teología en
Toulouse, en cuya Facultad, de reciente creación, los
profesores dominicos le ilustraron en la ciencia de Dios
dentro de los cánones del más depurado tomismo. Allí
permaneció dos años.
Perfecto conocedor de la exégesis bíblica y de la lengua
hebrea, que estudió en el convento de Barcelona, y tras su
sólida formación teológica, San Vicente regresó de Toulouse
a Valencia, donde inmediatamente se dedicó a la enseñanza de
la teología. Alternando sus tareas de docencia con las de
escritor, predicador y consejero, muy pronto conocieron los
valencianos las extraordinarias dotes personales del Santo y
le hicieron árbitro de graves problemas públicos. Mas todo
su tremendo dinamismo exterior jamás turbó su total entrega
a la práctica de las observancias conventuales, acentuando
cada día más el estudio y la oración.
Por
aquellos días la Iglesia sintió en su propia carne el
trallazo de la escisión con el infausto Cisma de Occidente.
Demostrada por algunos cardenales la nulidad de la elección
de Urbano VI, declararon vacante la Sede Apostólica y
procedieron a la elección de un nuevo Papa. El 20 de
septiembre de 1378 aquellos cardenales, entre los que se
encontraba Pedro de Luna, firmaron en Fondi un manifiesto
por el que comunicaban al pueblo cristiano la elección de
Roberto de Ginebra, a quien sometían su obediencia. Aquí
surgió, frente a Urbano VI, Clemente VII. La división de la
Iglesia afectó, como es lógico, a la misma política europea,
y los reyes y príncipes se vieron en la grave disyuntiva de
prestar su obediencia a la Sede de Avignon o a la de Roma.
Pedro IV el Ceremonioso, que regía los destinos de la corona
de Aragón, adoptó una postura prácticamente neutralista,
preocupado más por los problemas internos de su casa que por
la escisión de la Iglesia. Sin embargo, Clemente VII se
dispuso a conquistar la obediencia de los cuatro reinos de
España y para ello despachó amplios poderes al cardenal
Pedro de Luna con el nombramiento de legado. Este es el
momento en que el cardenal legado busca el apoyo y la
influencia de Vicente Ferrer para lograr la adhesión del
reino de Aragón al papa Clemente VII. Vicente, que desde un
principio fijó su posición de obediencia al papa de Avignon,
estuvo en Barcelona recibiendo del cardenal Pedro de Luna
órdenes y poderes concretos para presentarse a los jurados
de Valencia reclamando su ayuda para captar la obediencia de
Pedro IV a Clemente VII. Después de la lectura del tratado
que acerca del Cisma escribía San Vicente, dedicado, al rey
de Aragón, no podemos dudar de su rectísima intención al
proclamar su fidelidad a la Sede de Avignon. Los argumentos
que ofrece demuestran, además de su cultura
teológico-canónica, que no en vano aceptaba la legitimidad
de la elección de Clemente VII. Utilizando el cardenal De
Luna en algunos de sus viajes por los reinos de España los
servicios que le prestó la compañía de Vicente Ferrer,
volvió el Santo a Valencia, en cuya catedral prosiguió
enseñando teología, sin descuidar por ello su predicación al
pueblo y otros muchos deberes ministeriales. El cardenal
Pedro de Luna regresó a Avignon y el 28 de septiembre de
1394 era elegido sucesor de Clemente VII con el nombre de
Benedicto XIII. Pocos meses después San Vicente era
reclamado a la Corte de Avignon por el Papa, hasta que en
1398 cambia su residencia del palacio de Avignon por la del
convento dominicano de la misma ciudad. Benedicto XIII, en
deuda con el Santo, le otorgó el título máximo de Maestro en
Sagrada Teología.
Vicente, en contacto con las realidades de Avignon, con la
visión más serena de los acontecimientos y amargamente
dolido por el daño que sufría la Iglesia de Cristo, vivió
unos meses en su convento, donde cayó tan gravemente enfermo
que estuvo a punto de morir. Fue entonces cuando tuvo
aquella visión en la que se apareció Jesucristo, acompañado
de los patriarcas Domingo y Francisco, encomendándole la
misión de predicar por el mundo y otorgándole súbitamente la
salud. Esta es la prodigiosa circunstancia que sirve de
clave para explicar la vida posterior de Vicente. Ahora se
presentará al mundo con un empeño más alto que el de
defender la causa de Benedicto XIII: propugnará la
integridad del Evangelio en la unidad de la Iglesia. Su
misión evangelizadora le ha sido encomendada por el mismo
Jesucristo y sus credenciales tendrán el alcance universal
de ser legado a latere Christi.
El Papa se resistió en un principio a dejarle marchar, pero
al fin, convencido de que en la empresa de Vicente urgía el
llamamiento de Dios, le concedió amplísimos poderes
ministeriales para que pudiera ejercer su apostolado. El
Santo quedó sometido a la obediencia inmediata al maestro
general de su Orden y el día 22 de noviembre de 1399 partió
de Avignon a recorrer caminos y ciudades europeas llevando a
todos los hombres el mensaje de la palabra de Dios. Este es
el momento en que el dinamismo interior de Vicente se desata
en torrentes de sabiduría y de elocuencia sobre una sociedad
en trance de agudísima crisis espiritual para despertar la
unidad de la fe en su vida, abrir los horizontes a la
esperanza y encender en las almas la caridad. En su larga
peregrinación apostólica recorrió innumerables pueblos y
ciudades de España, de Francia, de Italia, de Suiza, y hasta
es muy probable que penetrara en Bélgica. En una época en la
que la oratoria sagrada se resentía gravemente de su
ineficacia, por el afán de predicar al pueblo oscuros y
macizos sermones con rancias argumentaciones de escuela,
cuando no rimbombantes y huecas composiciones retóricas con
extravagantes alusiones a los clásicos de la antigüedad
grecolatina, la palabra de Vicente era como un látigo de
fuego que abrasaba e iluminaba. Su metódico sistema de
exposición de la doctrina de Cristo, sin la gracia boba de
halagar superficialmente los oídos, con el recio temple de
unos conceptos claros y precisos, servidos siempre en la
bandeja de oro de su portentosa y dócil imaginación y la
enorme fuerza sugestiva de su poderosa voz, rica en matices
y sonoridades, las gentes sentían el vértigo de la presencia
de Dios y el delicioso estremecimiento de su gracia. La
palabra de Vicente inflamaba y seducía. Su dominio absoluto
de las Sagradas Escrituras le servía de mágico resorte para
encarnar en sus frecuentes alusiones la aplicación de un
hecho concreto o de una circunstancia real de su tiempo. Fue
de una impresionante y sobrecogedora grandeza aquel
memorable sermón que, después de vencida la implacable
resistencia de Benedicto XIII y obtenida la promesa de su
abdicación, pronunció ante el papa de Avignon y sus
cardenales, ante embajadores y príncipes y multitud de
fieles el 7 de noviembre de 1415 en Perpignan, comentando el
tema: "Huesos secos, oíd la palabra de Dios".
Bajo el signo de su voz las enemistades públicas cedían al
abrazo de la paz, los pecadores experimentaban la mordedura
del arrepentimiento y los hambrientos de perfección le
seguían a todas partes en una permanente compañía de
fervoroso apoyo. El organizaba aquella imponente comunidad
de disciplinasteis que en conmovedoras procesiones
penitenciales producía en los espectadores un escalofrío de
compunción y la eficaz mudanza de vida.
Ante la visión de río revuelto que ofrecía el mundo de su
tiempo, ante el estrepitoso desmoronamiento de la ideología
cristiana que habla presidido e informado la vida pública de
la Edad Media al choque violento de unos sistemas y
estructuras de vida que pretendían remozar al hombre, ante
la estampa de Apocalipsis que presentaba una Iglesia
desgarrando a la cristiandad en partidos y banderías de
cisma, no es de admirar que la leyenda, apoyada en puntos
flacos de tradición, haya hecho que San Vicente se
atribuyera personalmente el título de ángel del Apocalipsis
y hasta que la obsesión determinante de su apostolado fuera
la predicación del cercano Juicio final. Cierto que el Señor
le otorgó en diversas ocasiones el don de profecía, pero
cuando San Vicente hablaba del Juicio final como
acontecimiento próximo —cosa que hizo en muchas menos
ocasiones de lo que habitualmente se cree— no lo hacía como
profeta, sino como hombre que observa las realidades de su
tiempo y deduce unas consecuencias, Hemos de puntualizar
también que el lema "Temed a Dios Y dadle honor", con que la
tradición ha cifrado la predicación vicentina, no puede ser,
en modo alguno, interpretado con sentido terrorista, como si
San Vicente se hubiera preocupado de sembrar el pánico en su
tiempo y despertar un espanto colectivo. El temor de Dios
propugnado por Vicente no era ese que surge de la raíz
amarga del miedo, sino el que nace del amor filial. Era el
temor de la reverencia y no el del servilismo pavoroso. El
auditorio de sus sermones era siempre de multitudes. En
algunas ocasiones Pasaban de los quince mil oyentes, por lo
que, resultando insuficiente la capacidad de las iglesias,
hubo de predicar en las plazas. Contemporáneos del Santo nos
dan la referencia de que, hablando en su lengua nativa, le
entendían por igual todos los oyentes, aunque pertenecieran
a países de distinto idioma. En los últimos treinta años de
su vida el quehacer de la predicación condicionó su horario
de trabajo, Solía dedicar cinco horas al descanso,
haciéndolo sobre algunos manojos de sarmientos o un jergón
de paja, y el tiempo restante lo invertía en la oración y
las atenciones exclusivas de sus deberes ministeriales. Sus
comidas eran extremadamente sobrias. De una ciudad a otra se
desplazaba siempre a pie, hasta que cayó enfermo de una
pierna y tuvo que montar en un asnillo. Era tanta la fama de
santidad que precedía los itinerarios de Vicente, que las
gentes le recibían como enviado de Dios y su entrada en las
ciudades tenía tal carácter de apoteosis delirante que, para
evitar graves atropellos y el que los devotos le cortasen
trozos de hábito, habían de protegerle con maderos. Todos
los días cantaba la misa con gran solemnidad y después
pronunciaba el sermón, que solía durar dos o tres horas, y
en alguna ocasión, como la de Viernes Santo en Toulouse,
estuvo seis horas seguidas. El cansancio y achaques físicos,
que en los últimos años obligaba a que, para subir al
púlpito o al tabladillo de la plaza, le tuvieran que ayudar
cogiéndole de un brazo, desaparecía al punto que comenzaba
el sermón, de tal manera que su rostro se transfiguraba como
si la piel cobrara una frescura juvenil, le centelleaban los
ojos en expresivas miradas, la voz salía clara, limpia y
sonora, y los movimientos de sus brazos obedecían dóciles al
imperio y compás de las palabras. El tono de convicción con
que se enardecía dejaba atónitos a los oyentes, y por ello
no es de admirar que los frutos de sus sermones fueran tan
copiosos que se necesitara siempre el concurso de muchos
sacerdotes para oír confesiones.
El crédito universal de su sabiduría y de sus prudentes
consejos fue puesto a prueba en multitud de contiendas en
las que hubo de intervenir corno árbitro de paz y nivelador
de intereses. Nobilísima fue su actitud como compromisario
de Caspe, en donde fue requerido para dar su voto de
solución al problema político de la Corona de Aragón
producido al morir Martín el Humano sin dejar sucesión. San
Vicente acudió al Compromiso de Caspe con el sereno ánimo y
la inteligencia despierta para dar una razón jurídica en el
asunto del pretendiente al trono, pero sobre todo con la
limpia y altísima intención de aceptar el resultado como
designio providencial. La elección hecha a favor del infante
de Castilla, Don Fernando, fue publicada por San Vicente
Ferrer el 28 de junio de 1412. La conducta del Santo en la
resolución del problema sucesorio quedó tan digna y honrada,
que su apostolado público no sufrió menoscabo alguno en
aquellos Estados de la Corona de Aragón que se habían
mostrado hostiles a la solución de Caspe.
Muy laboriosas fueron sus gestiones para determinar la
conclusión del Cisma de Occidente y podemos afirmar que, si
no por su directa intervención, sí por el enorme peso de su
influencia, apoyada en su universal prestigio, contribuyó
notablemente a decidir su terminación. El cónclave reunido
en Constanza el 11 de noviembre de 1417 dio a la Iglesia la
elección de Martín V, a cuya obediencia se sometió toda la
cristiandad.
Vicente prosiguió su misión evangelizadora dirigiendo sus
pasos a Bretaña, donde el Señor le esperaba para abrirle las
puertas de una gloria definitiva. El día 5 de abril,
miércoles de la semana de Pasión, de 1419, moría en Vannes,
lejos de su patria, este apóstol infatigable cuya palabra
estremeció de presencia de Dios los ámbitos de la
cristiandad europea. Treinta y seis años más tarde, en 1455,
el papa valenciano Calixto III, a quien, según la tradición,
San Vicente le había profetizado la tiara pontificia y el
honor de canonizarle, le elevó a los altares con la suprema
gloria de la santidad.
Los milagros que San Vicente Ferrer obró en vida y después
de muerto son innumerables, por lo que su fama de taumaturgo
no ha sufrido mengua a través de los siglos. |